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La certificación de avance es el documento técnico que formaliza cuánto trabajo se ha ejecutado en una obra en un periodo determinado. No es solo un trámite administrativo: es el mecanismo que convierte el progreso físico de la obra en un derecho de cobro para la constructora, y en una obligación de pago para el promotor.
Certificar correctamente es más difícil de lo que parece. Implica medir con criterio, comparar con el presupuesto de adjudicación, aplicar los porcentajes de retención acordados, y gestionar las divergencias cuando constructora y promotor no coinciden en la medición. Cuando se hace mal —o cuando directamente no se hace— el resultado habitual es una obra que «se paga sola» mientras avanza, sin que nadie haya verificado que lo facturado corresponde a lo ejecutado.
En esta sección encontrarás artículos sobre los aspectos técnicos y prácticos de la certificación: qué diferencia hay entre una certificación técnica y una administrativa, por qué las certificaciones son una fuente frecuente de conflictos entre promotor y constructora, y cómo establecer un proceso de certificación que proteja los intereses del promotor sin bloquear el avance de la obra.
El enfoque está orientado a quien encarga la obra, no a quien la ejecuta: el objetivo es entender qué se está pagando y por qué, con criterio técnico suficiente para no depender únicamente de la información que facilita la constructora.